Me gusta leer y ver la tele

Saturday, December 13, 2008

No Wonder It Wails

Parece que últimamente me encuentro con enigmas impenetrables generados por la estupidez humana y que, pese a resultar molestos o desesperantes, al menos me dan para escribir entradas en este vuestro blog.

Resulta que mi querida Barnes & Noble, uno de los tres o cuatro sitios donde no tengo reparos en gastarme toda la pasta que se tercie, cambió de ubicación el mes pasado. La cosa ya se sabía desde finales de octubre o principios de noviembre, pues incluso el bibliófilo menos avispado no podía sino percatarse de que múltiples estantes habían desaparecido (en la moqueta, enormes marcas de ésas que dejan los muebles cuando no se mueven en meses o años), y de que había un nada discreto cartelón anunciando la inauguración del nuevo local el doce de noviembre.

La última vez que había comprado algo en la tienda vieja me habían dado un cupón de descuento para la nueva que caducaba a finales de año, y, por supuesto, me moría de ganas por ir a comprarme varios cientos de páginas de letra impresa. Pero –artero que es uno-, en vez de ir rápidamente a visitar la nueva tienda el mismo día doce y hacerme con lo que fuera que me encontrara, pensé que podía esperar hasta el veinticinco y usar el descuento en The Outlaw Demon Wails, la sexta entrega de las aventuras de Rachel Morgan, que salía en edición bolsillo ese día. Además, el martes era el último día de clase antes de las vacaciones de Acción de Gracias, y qué mejor forma de empezar tan merecido descanso con buen pie. (O con buena espalda: la que se me iba a quedar de estar tumbado en el sofá leyendo.)

Por unas cosas y por otras, al final acabé yendo el miércoles por la mañana, no sin antes cerciorarme de que el libro había salido a la venta sin retrasos o cosas raras. Si Amazon decía que el libro estaba disponible, entonces tenía que estarlo. Y eso es en lo que iba pensando de camino Hamilton Place, el centro comercial donde está la librería.

Una vez aparqué y entré en Barnes & Noble pude apreciar que la nueva tienda es exactamente igual que el resto de emplazamientos de la cadena que he visto por todas partes, algo que noté con presteza dado que la tienda vieja era diferente a las demás, algo en lo que siempre reparaba cuando visitaba algún Barnes & Noble en otra ciudad. (Y paro ya, que esto empieza a aparecerse al remake de El coche fantástico que os contaba ayer.) Así que, tras comprobar que me lo habían cambiado todo de sitio –el desasosiego, la inseguridad-, me paseé por la tienda tomando notas mentales de dónde queda todo ahora para saberlo en mis múltiples visitas futuras.

Durante esta fase de reconocimiento iba también prestando atención por si veía el libro que buscaba, cuya portada tenía memorizada tras haberlo tenido en mi wishlist en Amazon durante meses. Así pues, eché un vistazo a los libros en la sección New on paperback, y New arrivals, pero del libro no había ni rastro.

Pensando que debía estar entonces en la sección de fantasía, culebreé por los pasillos hasta personarme frente a la H de Harrison, Kim, pero, una vez más, la esquiva novela seguía escondiéndose de mí. El mosqueo creciente, miré la sección de New arrivals de fantasía, y la de Featured Books de fantasía también, mas el libro parecía haberse esfumado sin dejar huella. Asegurándome a mí mismo que en algún sitio tenía que estar, empecé a dar vueltas por la zona, comprobando distintos estantes, mesas, y lugares donde maldito el sentido que tendría que el libro estuviera. Y donde no estaba.

Viendo que la chica de atención al cliente estaba de lo más bien, pensé que tal vez lo más fácil sería ir y preguntarle, pero no quería quedar como un imbécil que no ve el libro que tiene delante suyo, así que recorrí la tienda de nuevo, esperando que tal vez el libro se materializara mágicamente en esta segunda vuelta. Estando en estas, descubrí algo nuevo que la tienda vieja no tenía: portátiles estratégicamente situados para que el cliente busque lo que le apetezca (probablemente libros) y pueda encontrarlo en la tienda él solito sin molestar a las guapas empleadas. Pensando de nuevo en no quedar como un gañán, me decidí a buscar en la base de datos antes de hablar con la chica, y tecleé el nombre de la autora. Lo primero que me salió fue el nuevo libro y, junto a la foto de la portada, unas letras que me aseguraban que tenían el libro en la tienda. No sólo eso, sino que el práctico mapa de al lado del texto me señalaba exactamente dónde encontrar la tan ansiada novela. ¿Y a dónde pensáis que me mandó el ordenador? Si habéis respondido “a la H en la sección de fantasía”, habéis ganado el premio (un libro de Kim Harrison que tendréis que encontrar vosotros solitos, faltaría). Como un imbécil, me desplacé de nuevo hasta la sección de fantasía, letra H, y comprobé –sin mucha sorpresa, debo decir-, que el libro que el ordenador me aseguraba estaba allí no había aparecido por arte de magia. Vaya.

Habiendo agotado todos mis recursos, capitulé y me acerqué a la atenta chica del circular mostrador central. El libro nuevo de Kim Harrison, le dije que quería. Que o soy subnormal, o no está donde debería, le dije con mi sonrisa de dientes torcidos.

“Sí lo tenemos,” contestó la chica.
Eso me gustaría verlo, me callé yo, asintiendo en su lugar.
“Está en la sección de fantasía. En la letra H.”
“Lo que tú digas, corazón.”

Encantado con la vista, seguí a la voluntariosa asistente de clientes hasta la sección de fantasía (letra H), donde, fíjate tú, el libro no estaba. No queriéndose dejar vencer, la chica empezó a mirar los otros libros de Kim Harrison que sí tenían allí, a lo que no pude sino hacerle notar que ninguno de aquellos era el que buscaba, pues esos ya los tenía. Qué raro, qué raro.

“¿Y dices que es nuevo?”
“Salió ayer mismo. A ver si es que no lo habéis recibido.”
Tras un rápido viaje al ordenador, la chica me confirmó que sí lo tenían.
“Tenemos veinticuatro copias.”
“En serio,” afirmé más que pregunté.
“Vamos a ver en New arrivals.”
“No es por decirte cómo hacer tu trabajo, pero ya he mirado tanto ahí como en New on paperback. Y en New in fantasy. Y en todas partes, vamos.”
“Pues tenemos veinticuatro,” me aseguró.
“Si no es que no me lo crea…”

Total, que fuimos a New arrivals, New on paperback, New in fantasy (no sé para qué digo las cosas), y para sorpresa de la chica –que no la mía-, The Outlaw Demon Wails siguió probándose de un escurridizo inusitado.

“Pues qué raro, oye, si tenemos veinticuatro.”
Creo que fue entonces cuando empecé a reírme a carcajadas, y la confianza de la chica empezó a desmoronarse.
“Te juro que llevo toda la mañana igual. Viene la gente buscando libros, ninguno está donde debería, y yo como una idiota paseándome tienda arriba y tienda abajo.”

Tras asegurarle que no era culpa suya y que le agradecía mucho que me ayudara (y que no le importara que caminase detrás de ella, jejeje), pasamos al plan B, que aparentemente consistía en preguntarle a una cajera rubia si había visto el libro por ahí. Huyendo de los clientes, o algo. Tras hacerme repetir el título varias veces –sintiéndome más y más estúpido cada vez que decía The Outlaw Demon Wails, que anda que el titulito no se las trae-, la rubia sugirió llamar por teléfono a algún sitio misterioso (el almacén, presuntamente), desde donde nos aseguraron que había veinticuatro copias de la novela en la tienda (sorprendente). Concentrándome en lo importante (ciertos atributos físicos al sur de la espalda de mi compañera de búsqueda), seguí de nuevo a mi perdida guía mientras daba una nueva vuelta por la tienda (comprobando la pantalla de su ordenador cada vez que pasábamos por el mostrador de atención al cliente, temerosa tal vez de que el resultado de la búsqueda en el catálogo hubiera cambiado de “veinticuatro libros” a “te estamos tomando el pelo”), todo para acabar de nuevo donde habíamos empezado.

“Deja que les llame otra vez.”
“A ver si es que se ha agotado,” probé yo.
“No. Imposible. Tenemos veinticuatro copias.”
Veinticuatro golpes en la cabeza os daba yo, callé de nuevo.

Tras una breve conversación telefónica, la chica me anunció que el tipo de la trastienda iba a mirar si lo tenía por allí, y sin quitar los ojos de la pantalla (posiblemente memorizando la para entonces odiada portada para quemarla en cuanto la viera) me preguntó de qué iba el libro. Fue entonces cuando me puse a monologar, cantando las excelencias de la serie, urgiéndola a leer tan estupendos libros –no tengo remedio-. Y entonces llegó el tipillo de la trastienda, libro en mano, sonrisa en rostro.

“Ahí está,” dije yo, reconociendo no al empleado sino la anhelada portada.
“Recién salido de la caja,” dijo el chico. “El tuyo es el primero.”
“Pero si dice que tenemos veinticuatro,” se aferró la chica a su historia.
“Sí, y están todos en la caja que nadie había abierto.”

Tras darme el libro y asegurarme lo contenta que estaba de que lo hubiéramos encontrado, la chica volvió a lo suyo y yo me fui a la caja para pagar. No es que sea un experto en libros ni nada parecido, pero yo pensaba que para vender libros había que sacarlos de las cajas. O para contarlos, que ésa es otra. Al parecer, el paquete llegó, se contaron los libros sin abrir la caja (¿rayos-X? ¿Magia?), se metieron los datos en el inventario, y finalmente se arrinconó el paquete en el almacén. ¿Para qué sacarlos, si sabemos que tenemos veinticuatro copias? De hecho, esto podría suponerles un ahorro considerable en tiempo, estanterías y mano de obra, ahora que lo pienso. ¿Por qué no poner las cajas tal cual en la tienda, y el que esté interesado que las abra y mire lo que hay dentro? Qué emocionante sería comprar libros de ser así el sistema, ¿verdad? Como un sobre sorpresa de esos rojos que hacían nuestras delicias cuando éramos pequeños. Unos pioneros es lo que son estos chicos de Barnes & Noble. Pioneros.

9 comments:

Nash said...

Espero que todas estas anecdotas las cuentes en tus memorias, como he dicho muchas veces sera una comedia de las buenas.
Mira que no hacerte con el telefono de la de información por si necesitabas su ayuda en alguna otra cosa.

Mario Alba said...

Me alegro de que te guste la historia, Nash. Con respecto al teléfono, no se lo pedí porque la moza lucía anillo de compromiso. Lástima.

Anonymous said...

Pues una lástima, sí.

De todos modos, un poco de fe en los de B&N. Al fin y al cabo, acababan de salir de una mudanza.

Aunque ya, ya sé que no vas a reducir tu gasto mensual allí por unos malentendidos de embalaje. ;)

Anonymous said...

PD.- Jeje, tremendo el título del post. Tremendo.

Y ya nos dirás qué tal sigue la saga.

Mario Alba said...

Hahaha. Sí, supongo que podría perdonarlos... Pero NO!

Con respecto a la serie de Kim Harrison, puede que éste sea el mejor de los seis, que ya es decir!

Nash said...

Como es un anillo de compromiso? Yo sabia los anillos de casados y recasados tenian una forma de facil reconocimiento,pero no los de compromiso, esos pensaba q no tenian forma especifica.

Mario Alba said...

Básicamente, los anillos de compromiso son una forma estúpida (o sea, tradicional) y ridículamente cara para que el chico haga el subnormal y se gaste una pasta que no tiene, y la chica tenga algo que mostrar a sus amiguitas y con lo que quitarse a pesados de encima.

Estos anillos son fácilmente reconocibles por el pedrusco diamantil que lucen, el tamaño del cual dependiendo de lo enamorado que esté el imbécil en cuestión (o sea, de lo dispuesto que esté a endeudarse para asegurarse algo que no se puede asegurar), y de lo mucho que quiera demostrar su amor imperecedero. (Porque, claro, mostrarlo de otra forma que no sea gastándose un pastón tremendo en un anillo de diamantes no vale, pues se da por sentado. Como que el pánfilo comprará el anillo, ahora que lo pienso.)

O sea, una forma como cualquier otra de sacarle el dinero a la gente, pero encima fingiendo hacerlo por amor y no por presiones paréjico-sociales.

Nash said...

Menuda mega critica social al consumismo y a las costumbres amorosas de la epoca. Normal que no te duren las mujeres :-)
Estoy contigo en que es una mamarrachada eso de los mega anillos, lo del dia de San Valentin y demás chorradas varias.

Mario Alba said...

Bien a gusto me he quedado, no lo niego. Y es verdad: normal que no me duren...