Me gusta leer y ver la tele

Sunday, December 13, 2015

Yo me amotino

Assassin's Creed IV: Black Flag es, pese a lo que podríais pensar al ver el número del título, el séptimo juego de la celebérrima serie de Ubisoft, y el octavo que me he pasado de principio a fin. Si hacéis un poco de memoria, recordaréis que lo mencioné al hablar de Rogue, la octava entrega de la serie, y que dije que me lo había saltado pero que os hablaría de él pronto. Pues por fin ha llegado el momento.

Esta entrada de hoy no hace sino reafirmar las aseveraciones que nuestro querido coblogueador Halagan hizo hace algunas semanas cuando escribió sobre gustos y opiniones personales. Black Flag es casi unánimemente aclamado como el mejor juego de los ocho Assassin's Creeds publicados para las consolas de la antigua generación, y sin embargo me voy a pasar los próximos párrafos explicando por qué a mí es, con diferencia, el que menos me ha gustado de la serie.
De hecho, me ha gustado tan poco que casi no lo terminé. Recordad, no obstante, que la aplastante mayoría de jugadores dice que es sin duda magnífico, con lo que mis comentarios no son sino la expresión de mi opinión personal, intransferible y minoritaria, y que probablemente Black Flag es un buen juego. De hecho, hasta yo mismo debo admitir que Black Flag realmente es un buen juego, y que casi todos los problemas que tengo se deben a mis preferencias personales y no a errores o problemas del juego en sí. Pero dejad que os cuente las cosas en orden.

Black Flag narra la historia de Edward Kenway, un hombre que se dedica a vagar por el Caribe a principios del siglo XVIII, y que como ya os podréis imaginar dada la fecha y la zona, acaba convertido en pirata y codeándose con "ilustres" personajes históricos como Barbanegra, Calico Jack, Charles Vane, Mary Read, y Anne Bonny. Durante sus aventuras, Edward viaja a lo largo y ancho del Caribe y visita lugares como Tulum, Nassau, Kingston, y La Habana, y se dedica a cañonear barcos, asaltar fuertes, intercambiarse mandobles con españoles, ingleses, y portugueses (aquí cobra todo el mundo, que no se diga), y profundizar en el largo conflicto entre asesinos y templarios que articula los distintos juegos de la serie.

Como es norma en Assassin's Creed, la música, los gráficos y las animaciones son soberbios, y las distintas ciudades (y, en este caso, el mismísimo Mar Caribe) ofrecen decenas de misiones y objetivos secundarios como encontrar tesoros, finiquitar templarios, sabotear instalaciones, liberar prisioneros, reclutar piratas, renovar distintos edificios, coleccionar monedas, fragmentos del Animus, mapas, mensajes en botellas, obras de arte, y un largo etcétera. Como también es normal en la serie, todos los detalles están cuidados al mínimo, y la sensación de estar inmerso en el enorme mundo virtual que se nos presenta está tan lograda como de costumbre.

Como también es de rigor en la longeva serie de Ubisoft, cada juego presenta nuevas mecánicas y nuevos elementos para que la cosa no se haga demasiado repetitiva, y Black Flag no es ninguna excepción. En el denostado Assassin's Creed III se presentó por primera vez la posibilidad de navegar en barco y llevar a cabo distintas misiones navales, y este aspecto secundario del juego recibió tales alabanzas y tan positivas críticas que la gente de Ubisoft decidió convertirlo en el aspecto principal de Black Flag, ganándose así de nuevo la simpatía y aprecio de los seguidores de la serie, que habían molido a palos al pobre Assassin's Creed III, al que jugué en su día y que me encantó. De hecho, si recordáis, el aspecto que precisamente menos me gustó del juego fue... las misiones navales. A nadie sorprenderá entonces que, tan pronto como escuché que Black Flag iba a basarse en la navegación y el combate naval, me asaltara un mal presentimiento que desgraciadamente se vio confirmado en cuanto me puse a jugar.

Las partes "tradicionales" de Black Flag me resultaron tan entretenidas y tan satisfactorias como en los siete juegos anteriores: correr, trepar, recolectar, buscar y asesinar me hicieron pasar horas y horas jugando y disfrutando los nuevos y tropicales escenarios presentados. Hubo una excepción, no obstante, y es algo en lo que la mayoría de jugadores está de acuerdo conmigo: algunas de las secuencias de sigilo son desproporcionadamente difíciles y causan una frustración hasta la fecha desconocida, al menos en lo que a Assassin's Creed se refiere. Y no es que fueran especialmente difíciles porque estaban relacionadas con "el jefe de fin del nivel" o porque se tuvieran que poner en práctica al mismo tiempo varias habilidades aprendidas a lo largo de los niveles, no. Eran dificilísimas sin motivo, excepto porque los programadores habían decidido hacernos enfadar sin razón aparente. Eran caprichosa, aleatoria y criminalmente difíciles, y en más de una ocasión quité el juego y me puse a hacer otras cosas para no acabar lanzando el mando contra la tele.

Y luego están las misiones navales y el moverse por el mundo abierto de Black Flag en tu barco, el Jackdaw. Como ya he dicho antes, a la mayoría de jugadores les encantó este aspecto del juego. Yo, por otro lado, lo odié con pasión inusitada; con un ardor y una fuerza que suelo reservar para cosas relevantes y por las que en verdad merece la pena que uno se soliviante, y no por simples pasatiempos triviales. Odié tanto las misiones navales que, cuando en un momento del juego los enemigos de Edward lo capturan y lo abandonan en una isla llevándose su barco, me dije: "¡Excelente! Al menos así no tendré que navegar." Pero dejad que profundice en el tema, que me quiero explayar.

En general, las misiones navales implican una o dos mecánicas particulares. Una: liarse a cañonazos con los barcos enemigos para abordarlos o destruirlos. Dos: seguir a algún barco sin ser detectado... y luego liarse a cañonazos para abordarlo o destruirlo. El combate naval es inevitable, y aunque está muy logrado y es fácil de comprender y relativamente fácil de ejecutar, el maniobrar, posicionarse y disparar se me hizo cansino, aparatoso, y no muy divertido, con lo que traté de evitarlo todo lo posible. Desafortunadamente, hay muchas partes de la historia central que lo requieren, con lo que no tuve más remedio que sufrirlo en numerosas ocasiones.
Desgraciadamente, al evitar el combate naval tanto como me fue posible, me resultó casi imposible obtener embarcaciones para crear la Flota de Kenway, con lo que me resultó extremadamente difícil ganar dinero comerciando para reforzar el casco del Jackdaw y aumentar la potencia de fuego de sus cañones y morteros, lo que hizo que me afanara aún más por evitar el combate naval, creándose así un círculo vicioso de falta de fondos, falta de potencia de fuego, y exceso de frustración. Aun así, logré mejorar las distintas partes del barco lo suficiente como para triunfar en todos mis enfrentamientos con relativa facilidad, pero hubo varios fuertes a los que ni me acerqué porque sabía que el Jackdaw no estaba a la altura de las circunstancias. Y no poder destruir las defensas de esos fuertes significó no poder asaltarlos, y al no poder conquistarlos no pude liberar las zonas que controlaban, con lo que no pude acceder a varias misiones (navales y terrestres) que me habrían reportado fondos para mejorar mi barco.
Aunque esto me resultó bastante frustrante, debo admitir que me gusta cómo (casi) todo está conectado en el juego, y cómo lograr un objetivo o liberar un área te abre las puertas a otras partes del juego que, al completarlas, te ayudan a acceder a otras con mayor facilidad, o te otorgan algún otro tipo de ventaja o recompensa. Sin embargo, en el caso de Black Flag, estas conexiones jugaron en contra mía, y la práctica totalidad del dinero y recursos que conseguí los obtuve completando misiones terrestres o misiones navales inevitables.

Con todo y con eso, terminé el juego con un 79% del mismo completado, lo que no está nada mal si tenemos en cuenta las misiones opcionales que me salté al ser navales, y las terrestres a las que no pude acceder por no tener potencia de fuego suficiente en el Jackdaw para destruir los fuertes que bloqueaban el acceso a las mismas. Tras terminar Black Flag y ver el desenlace de la historia de Edward (que, debo decir, no me resultó demasiado interesante en general, y eso que iba de piratas), hubo un montón de misiones opcionales y objetivos secundarios que el juego hizo accesibles, con lo que cabe la posibilidad de que, en algún momento del futuro (lejano) vuelva a jugar para completarlas, ganar dinero para mejorar el Jackdaw, y meterme de nuevo en el círculo vicioso en que las mecánicas de los juegos de Assassin's Creed me suelen atrapar.
Además, dado que los dos últimos juegos de la serie han salido exclusivamente para las consolas de nueva generación, hasta que no me haga con una PS4, si quiero jugar a algún Assassin's Creed no me va a quedar más remedio que volver a uno de los que ya me he pasado y completar misiones opcionales. Es posible, pues, que Black Flag me vea regresar a sus caribeñas costas con el ánimo reforzado y las vejaciones olvidadas, y que el Jackdaw navegue de nuevo y se convierta en el Terror del Caribe (de momento causa incomodidad más que pavor). Hasta entonces, meditaré si el juego merece tres estrellas, cuatro, dos, o un número completamente distinto. O más que estrellas, rayos y centellas.

5 comments:

Nash said...

Me algro que te lo disfrutases en cierta medida y sobre todo que la tele sobreviviese a tus ataques de ira. A mi me mola que pongan cosas realmente jodidas en los juegos para que los 60 eurozos o más que cuestan no se acaben tan rápido... pero si que cabrea mucho.

Mario Alba said...

Que si cabrea, dices. ¡Ya lo creo, jajaja! Al menos no rompí la tele o el mando, eso es verdad :)

Halagan said...

No me seais nenazas, hombre, que hemos crecido en la época de los Contra, Mega Man y Ghosts & Goblins. ;P

Ahora en serio, entiendo lo que decís. Aunque siempre preferiré los juegos muy difíciles a los juegos muy fáciles. Y es que hoy día hay juegos en los que ni siquiera te penalizan ya por fallar, como uno de los nuevos Prince of Persia al que vi jugar a un amigo. Cada vez que fallaba un salto e iba a caer a las profundidades una chica llegaba y le salvaba milagrosamente. También pasa en Life Is Strange, por cierto. Cuando Max o Chloe (por lo menos hasta donde llevo jugado) están a punto de morir el juego literalmente se detiene y te da tiempo a rebobinar. Grrr.

Mario Alba said...

Yo prefiero un término medio, jajaja.

Con respecto a Life is Strange, el rebobinar es casi lo mismo que volver a repetir esa parte del juego, pero sin tener que volver a la pantalla de presentación. Aunque es verdad que te dejan saltarte cosas que ya has hecho con el útil botón de Skip, jejeje.

Y del Prince of Persia mejor ni hablamos...

Halagan said...

En realidad me refiero a que, cuando has tomado una decisión que te va a llevar directamente a la muerte, la pantalla se pone gris y el juego se detiene literalmente para dejar que puedas rebobinar a gusto. Ni me quejo ni me parece mal, pero es otro ejemplo de cómo los juegos modernos se lo ponen lo más fácil posible a los jugadores. Y es normal. Quieren ganar dinero, y si su juego pone demasiado a prueba a los jugadores modernos, quienes por regla general tienen un umbral de frustración mucho más bajo que el que teníamos en los años ochenta y noventa, pues todo eso se traduce en unidades que dejan de vender.

De todas formas el ejemplo de Life Is Strange tampoco es el más adecuado del mundo, ya que, por el tipo de juego que es, el uso de ese recurso tiene todo el sentido del mundo.