Saturday, July 22, 2017

Señorita escarlata

Hace ya mucho tiempo que perdí la costumbre de leer. Mientras que durante mi adolescencia y temprana adultez devoraba insaciable toda clase de novelas, desde Drácula hasta El Quijote, desde Johnny Got His Gun hasta las novelas del Universo Expandido de Star Wars, mi proverbial indolencia pronto comenzó a hacerse tan incontenible que comencé a dejar de lado eso que hasta entonces había sido una pasión. Seguí leyendo, claro, e incluso he llegado a hablar aquí de alguna de esas lecturas, pero a un ritmo pausado y cansino, que no fue sino el preludio a dejar de leer casi por completo. Tal y como, finalmente, acabé haciendo pocos años atrás. No fue una decisión consciente, desde luego, pero su efecto en mí se hizo notar igualmente.

Siempre he querido seguir leyendo. Es más, llevo años flirteando con la idea de releerme Lord of the Rings, con terminarme de una vez por todas la saga de la Torre oscura, con devorar a Lovecraft, a Tolstoi y a Hemingway. Ahora que mis hijas van a cumplir los tres años, que van a ir al colegio y voy a tener más tiempo libre, me veo ligeramente capaz de dar un paso adelante y comenzar a leer de nuevo, poco a poco, para ir cogiendo el hábito con alfileres y muy cuidadosamente. Así que empezaré, o, más bien, he empezado a leer de nuevo. Algo fácil y atractivo, que no estoy para meterme el Ulysses entre pecho y espalda. Así que, ¿por qué no empezar por una saga de novelas y relatos cortos que ya conozco de sobra, sé que me van a gustar, y que siempre he querido leer al completo y por orden de publicación?

A Study in Scarlet, novela de apenas ciento veinte páginas (al menos en mi edición), fue publicada por primera vez en 1887 en la revista Beeton's Christmas Annual, y marca la primera aparición del más famoso duo de detectives de la historia: Sherlock Holmes y el Doctor John Watson. Durante el transcurso de la novela se conocen, se mudan a vivir a su famoso apartamento en 221B Baker Street y resuelven (o, más bien, Sherlock lo hace y Watson es testigo y cronista de ello) uno de los primeros casos del famoso detective consultor, los asesinatos de Drebber y Strangerson, aparentemente fruto de un complot político.

Si bien (o quizá porque) hace ya más de un par de décadas que leí varias de las novelas y relatos cortos escritos por el nunca suficientemente alabado Conan Doyle, no termino de recordar que ésta fuera una de ellas. Gracias a las innumerables adaptaciones que lo han mostrado en cine y televisión ya tenía una imagen muy clara del encuentro entre Holmes y Watson, e, incluso, ciertas nociones sobre este misterioso caso en concreto. Y dado que unas cuarenta de las 120 páginas durante las que transcurre la historia narran en forma de flashback el pasado del culpable durante las décadas anteriores (y que el autor del prólogo en mi edición, un tal Loren D. Estleman, recomienda directamente saltárselas), y yo no recordaba nada de esto, deduzco con firmeza que, sí, ésta es la primera vez que leo la historia origen del más grande detective de ficción de todos los tiempos. Elemental.

Pese a la juventud de ambos protagonistas en esta novela, ya vemos a Holmes fumando en pipa y utilizando una lupa para inspeccionar la escena del crímen (la primera vez, según la wikipedia, en que dicho objeto es utilizado por un detective de ficción). Se nos menciona de pasada la famosa habilidad del detective para tocar el violín, así como su destreza también en la práctica del boxeo y la esgrima. Y descubrimos el famoso conocimiento exhaustivo del detective en campos como la química y la botánica, y su aún más famoso desconocimiento total en campos inútiles para su profesión, como la Literatura y la Astronomía. Hasta el punto, por ejemplo, de desconocer que la tierra gira alrededor del sol.

También conocemos por primera vez al también famoso inspector Lestrade y a su colega Gregson de Scotland Yard, que en esta novela goza de la misma importancia que Lestrade, pero de quien desconozco si ésta no será también su última aparición en estas historias, dada su nula fama posterior.

Es espectacular ver la cantidad de cosas que Conan Doyle hizo bien en esta primera novela de su saga más famosa, hasta el punto de que las historias posteriores poco van a poder aportar nuevo al legado Holmes. Porque ya está casi todo aquí. Y es cierto, como siempre en estos casos, que Conan Doyle no creó algo cien por cien original. Es imposible negar la influencia del también conocidísimo relato de Edgar Allan Poe The Murders in the Rue Morgue, y la semejanza del método Holmes con el de Auguste Dupin, el detective francés protagonista de aquella historia. Hasta el propio Conan Doyle lo señala, haciendo que Holmes y Watson discutan precisamente sobre ello en esta novela. Pero, como digo, todas las historias se han contado siempre así, unas sobre otras. Si alguien quiere ver tal influencia como un demérito o una falta de originalidad es libre de hacerlo, pero que sepa que no hay obra cultural humana que se libre de ello.

Con ello y con todo, incluso con ese flashback que nos aparta de Holmes y Watson durante todo un tercio de la novela (y que aún hoy día suscita polémica), la perspectiva que da el tiempo dice que A Study in Scarlet, criticada con cierta negatividad en su día, es una obra maestra indispensable se la mire por donde se la mire. Su lectura no sólo me recordó a mis años mozos, sino que me hizo disfrutar horrores con una prosa que, pese a tener ya sus buenos 130 años, es muy moderna y resulta deliciosa de seguir.

Cinco humeantes pipas de tabaco.

8 comments:

Nash said...

Coincido en esa época de imposibilidad de leer en mi caso con mucho pesar pero es que es imposible tener la concentración necesaria para poder disfrutar de un libro. Hace poco conseguí terminar uno pero ahora mismo no consigo sacar tiempo para acabar dos que tengo empezados. ..espero que con la publicación del 11 dresden me vuelvan las fuerzas.
Muy interesante lo que cuentas del la novela de holmes nunca he leído nada de él y eso que los tenemos todos en casa de mis padres. Tendre que darle una oportunidad

finn5fel said...

Interesantísima entrada, Hal. Yo leí varias aventuras de Sherlock cuando estaba en sexto o séptimo, pero la verdad es que no recuerdo si leí ésta en concreto. Recuerdo seguro haber leído The Hound of the Baskervilles en mi clase de inglés, en una de esas easy reader series en la que resarcirían historias clásicas en inglés fácil :)

En cuanto a tener tiempo para la lectura, aunque no tengo ni de lejos tanto como antes, afortunadamente tengo más que vosotros. De hecho, llevo leída la mitad de mi decimonoveno libro en lo que va de año. Hace media década, llevaría unos cuarenta a estas alturas, pero mejor veinte que dos :)

Nash said...

Pues si y me tienes que contar tu secreto me compre la casa antes que tu y todavía no he terminado de instalarme y tu ya estas jugando a la play

Halagan said...

Jajaja. Y el otro día Mario me dijo encima que era un indolente. Menos mal que se retractó de inmediato, jejeje.

Te digo yo por qué aún no has terminado de instalarte, Nash: los niños. Al cien por cien.

Sobre Holmes, para mí son libros indispensables, pero quizá no sean para todo el mundo. Eso sí, por algo han sobrevivido el paso del tiempo. Y de qué manera, teniendo en cuenta que aún hoy se siguen haciendo adaptaciones más o menos libres de éstos por docenas.

finn5fel said...

Lo mismo que Hal te digo, Nash: porque yo no tengo hijos ;)

Y es verdad que Sherlock Holmes es un personaje atemporal, como sus múltiples y recurrentes versiones muestran. Sin duda, uno de los personajes más adaptados y reimaginados de la historia.

Nash said...

No tienes hijos pero tenéis perros caballos gatos pájaros ardillas.... creo que hasta un cerdo.. .

Halagan said...

Pese a todo el trabajo que debe llevar tanto animal, Nash, que seguro que debe ser muchísimo, no estoy muy seguro de que sea comparable. Quiero decir, los caballos no se meten en tu estudio cuando tienes la puerta cerrada y se ponen a darte la paliza hasta que estás mínimo hora y media leyéndoles un cuento.

Esperad, esperad, ¿qué es eso del cerdo?

finn5fel said...

Jajaja. Exacto. Aunque uno de nuestros perros exige jugar varias veces al día, y que le rasquemos la panza y le hagamos caso. Pero no es lo mismo.

Y teníamos un cerdito hace años, cuando teníamos la granja, pero ya no.