Hammered es el tercer libro de las
Crónicas del druida de hierro escritas por
Kevin Hearne, y es igual de entretenido que los dos anteriores. En esta ocasión, y tal y como se apuntó al final de
Hexed, Atticus tiene que vérselas con el panteón nórdico por una serie de razones que no voy a desvelar aquí. A tal efecto, el milenario druida reúne un equipo de lo más interesante formado por personajes de distintos poderes que tampoco voy a destripar, y viaja a Asgard para vérselas con prácticamente todos los dioses y valkirias que tienen a bien aparecer.
Como en entregas anteriores, el libro está repleto de humor y personajes interesantes, y la historia general de la saga avanza hacia lo que varios dioses (incluido uno muy famoso con quien Atticus se va de bares en una desternillante escena) profetizan va a ser un desastre de proporciones cósmicas. Con tales augurios, las cosas no pintan pero nada bien para el pelirrojo druida, pero los lectores (o, al menos, yo) ya se están frotando las manos tratando de imaginarse los cataclismos que se avecinan.
Algo que me gusta de esta serie y que se ve perfectamente ilustrado en
Hammered es la forma en que Hearne narra las batallas. Aunque el autor nos esté contando un enfrentamiento cruento con decenas de combatientes y de consecuencias cósmicas, no se extiende más de lo necesario (muchos dirían que lo hace
menos de lo necesario, de hecho), y las peleas son cortas pero intensas, bien desarrolladas pero breves. Esto, en mi opinión, hace que las novelas de esta serie sean dinámicas y que no resulten cansinas, y logra que no me aburra con una retahíla de mandobles y fintas que no me hacen ninguna falta para comprender lo que está sucediendo. Hearne parece tener claro que las batallas son parte de su historia, pero que su historia no es una batalla o sucesión de las mismas, y eso es muy de agradecer, especialmente cuando tantos autores pasan decenas de páginas describiendo cómo el héroe rotó el codo veinte grados para bloquear la acometida de su enemigo, quien trataba de hundirle la espada cinco centímetros y medio en el cuello al lanzarla en un ángulo agudo de cuarenta y tres grados desde una distancia de dos metros y treinta y seis centímetros. Cuando quiera leerme un manual de esgrima, me compraré uno.
Otra cosa que me gusta tanto como a Nash molesta es que los dioses en esta serie no sean inmortales (excepto los de algunos panteones en particular), y que básicamente fueran creados por los humanos que creían en ellos y les rendían culto, algo que, si mal no recuerdo, también hace Terry Pratchett en
DiscWorld. Esta humanización de los dioses los convierte en personajes mucho más interesantes al añadir una dosis de incertidumbre con respecto a sus capacidades e integridad física que no suele estar presente en otras series de fantasía en las que las deidades hacen y deshacen a su antojo sin que nadie pueda hacer nada al respecto. En mi opinión, todo un acierto.
Pese a que sigo pensando que esta serie es
Dresden Light, no es menos cierto que, de momento, los tres libros que me he leído me han hecho pasar un rato de lo más agradable y no puedo dejar de recomendároslos. Si no sois Nash, ¡os encantarán!